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Conjuros contra el miedo – Rituales egipcios


Una exposición sobre la medicina en el Antiguo Egipto permite comprobar que los medios terapéuticos han cambiado, pero que el pánico que nos invade cuando la enfermedad nos ataca es el mismo que hace 5.000 años.

Dos grandes esculturas de granito, representando a figuras femeninas con cabezas de leona, flanquean la entrada de la sala del Musco Metropolitano de Nueva York donde se abrió hace unos días una exposición sobre la medicina en el Antiguo Egipto. La sala no es muy grande, y la iluminación general es más bien tenue.

En otros espacios del mismo museo, Egipto es el territorio fantástico de las estatuas colosales, de los sarcófagos, los bajorrelieves guerreros, las momias. Aquí se encuentra otro mundo más escondido y también más modesto, el del sufrimiento físico y los pobres medios inventados para remediado, un mundo de seres humanos idénticos a nosotros que sin embargo mueren casi siempre jóvenes y casi no cuentan con otro alivio que los conjuros y los amuletos para combatir la enfermedad.

Las esculturas de granito con cabeza de leo na representan a la diosa Sckhmet, que es la divinidad de la desgracia súbita, la que asalta a su víctima indefensa como la dentellada o el zarpazo de un león. Uno mira sus rasgos herméticos, su majestad serena y amenazadora, y puede imaginar las formas del miedo que se encarnan en ella: el miedo a la peste, al desierto, a los animales salvajes, picaduras de las serpientes y escorpiones que abundaban tanto en el valle del Nilo, mandíbulas de los cocodrilos que saldrían de su sopor para cercenar el brazo o la pierna de algún incauto que se internaba en el agua.

Las divinidades protectoras de la salud tienen una escala mucho más humilde, como si de manera inconsciente quienes las inventaban y querían confiar en ellas reconocieran su muy dudosa eficacia: el dios Bes, que es un enano panzudo con la boca muy grande y con orejas de león, la diosa Taweret, una hipopótama erguida con pechos grandes de mujer y vientre de embarazada.

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Son figuras muy pequeñas, probablemente amuletos, como las figurillas de mujeres amamantando a un bebé. Mujeres y niños pequeños eran los más vulnerables en ese mundo remoto que no es el de las estatuas ciclópeas y las columnas macizas de los templos sino el de mezquinas habitaciones mal iluminadas en las que sucederían los terrores de la enfermedad, de la liebre y del parto.

Un objeto filoso y toscamente tallado en pedernal es un cuchillo con el que se corlaba el cordón umbilical de los recién nacidos. Casi 5.000 años nos separan de las personas que tocaron reverencialmente esas figuras, que se las colgaron del cuello o las tuvieron en sus santuarios domésticos, pero ese abismo del tiempo casi desaparece ante la intuición de una ternura en la que podemos reconocernos: una pequeña jarra con una boca de forma peculiar resulta que servía para guardar en ella la leche extraída del pecho de una madre; un par de sandalias tienen en las suelas el dibujo de dos escorpiones aplastados: mágicamente, ese dibujo prodigiosamente naturalista protegería al niño que calzó las sandalias de las picaduras de escorpión.

Un escorpión y una serpiente sostiene en cada mano el dios niño Horus en una estela de basalto negro cubierta con una tupida escritura jeroglífica que es una serie de conjuros contra los ataques de los animales y de las enfermedades: la persona herida o enferma vertería agua sobre la figura sagrada, y la bebería después de recogerla, y el agua le transmitiría la virtud de la curación.

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Pero no todas las desgracias que depara a los seres humanos la diosa inescrutable Sckhmet provienen de los animales o de la fragilidad de la naturaleza humana; casi
más miedo que las figuras de escorpiones o serpientes dan las Hechas con punta de bronce, el hacha afilada de bronce que un guerrero egipcio esgrimió en una batalla de hace varios milenios.

De pronto cobramos conciencia del dolor de la carne desganada, de la infección imparable, del crujido siniestro con que se rompería un cráneo golpeado por el hacha. Intuimos inesperadamente que esas figuras de los bajorrelieves que hemos visto en tantos museos fueron tan humanas como nosotros mismos.

Pero quizá la diferencia más grande que hay entre ellos y nosotros no es que ellos murieran por lo común mucho más jóvenes, que no fueran capaces de enfrentarse al miedo y a la enfermedad más que mediante conjuros, amuletos, emplastos de hierbas y de miel: la diferencia está en que ellos sentirían continuamente la fragilidad de la vida, mientras que nosotros alimentamos una sensación de invulnerabilidad que tiene mucho de arrogancia. Confiamos en los antibióticos y no en las estatuillas del dios Bes, y en nuestras maternidades la simple asepsia es más eficaz protegiendo a los recién nacidos y a sus madres que la diosa hipopótama Taweret.

Pero cuando la desgracia o la enfermedad irrumpen de golpe en nuestro mundo seguro la sensación de pánico es la misma que si miráramos hace 5.000 años las facciones cruentas e impasibles de la diosa Sckhmet.

Fecha de publicación 2008-10-07 23:47:00.

Actualizado el 26-07-2017 00:02:27
Por Neipol
Categoría: amuletos, Enfermedades, Salud

1 Comentario

  • YACOBSSËN says:

    Muy interesante

     · 3 Junio, 2009 10:53 pm

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