Sri Lanka no es una isla muy grande pero para lograr captar su especial aroma, el turista deberá dedicar al menos dos semanas a un apacible recorrido en el que descubrirá antiguos santuarios budistas, magníficos parques naturales, playas con mar color azul turquesa y valles escondidos donde miles de mujeres recolectan con sus delicadas manos las hojas de té que, meses más tarde, degustaremos a modo de infusión en cualquier elegante café europeo.
Moverse en este lugar es relativamente simple si uno dispone de una generosa dosis de energía y paciencia. Existe una más que decente red de ferrocarriles y los servicios de autobuses son muy frecuentes y en todas direcciones. El uso del transporte público hará que nos desplacemos con cierta lentitud, pero nos garantizará fuertes emociones y un trato directo con personas serviciales, cuya simpatía y amabilidad sorprenden en cada recorrido del camino.
Ahora bien, si el motivo de nuestro viaje es más espiritual o curativo, en Sri Lanka encontraremos lugares donde podremos aprender a practicar yoga de una forma sencilla, y en un ambiente incomparable; por ejemplo, existen talleres donde en unas semanas, nos convertiremos en expertos masajistas, gracias a la ayuda de médicos “ayurvédicos”, cuya sabiduría transiten con total armonía y simplicidad.
Recorrer los distintos lugares de interés arqueológico o contemplar el fascinante templo del diente situado junto al lago, en el centro de Kandy, pueden resultar sugerentes actividades complementarias. Concluir una dura jornada mientras se acompaña a los pescadores cuando recogen su faena al atardecer, en una de las numerosas playas del sur, puede ser una actividad perfecta para el viajero inquieto que desea volver a casa con algo más que un absurdo souvenir cuyo destino último será acabar arrinconado junto a los demás objetos inservibles.
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