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La actividad física combate la hipertensión


No es una novedad. Es más, es ya un hecho bien comprobado. El cardiofitness, es decir, el ejercicio físico capaz de empujar hacia arriba el rendimiento del sistema cardiovascular, ejerce efectos beneficiosos en la hipertensión.

Y en las formas leves, con valores de presión algo superiores a 140/90, las que los médicos definen como «de frontera», puede incluso devolver la presión arterial a los valores normales, sin tener que tomar pastillas. Numerosos estudios han demostrado que el ejercicio aeróbico característico del cardiofitness provoca una disminución de la presión arterial máxima y mínima en reposo.

Los mecanismos con los que se produce este efecto son parcialmente conocidos. Por ejemplo, la actividad aeróbica determina un aumento de la red capilar de los músculos en la periferia: de esta forma el mismo flujo de sangre es distribuido en un «árbol» más grande y la presión baja. En segundo lugar, el deporte moderado influye en el sistema de las glándulas endocrinas.

¿Qué hace? Disminuye las catecolaminas, las hormonas del estrés que, al provocar el estrechamiento de los vasos sanguíneos periféricos, desempeñan una función importante en la aparición de la hipertensión. Sin embargo, aunque hacer deporte beneficia a la tensión, es esencial escoger la disciplina idónea, y establecer con precisión la intensidad, frecuencia y duración del esfuerzo.

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Las actividades físicas más adecuadas para normalizar la presión son el jogging, la carrera, la natación, la marcha, la caminata, la bicicleta y el esquí de fondo. Y cuando, durante el invierno, los ejercicios de cardiofitness deben efectuarse en lugares cerrados, en el gimnasio está disponible una amplia gama de aparatos, como la cinta para correr, la bicicleta estática y el step.

Semáforo rojo, en cambio, para los deportes que conllevan esfuerzos anaeróbicos (como el sprint en cortas distancias, el lanzamiento de peso y el body building). En cualquier caso, para obtener el máximo beneficio, el ejercicio físico debe dosificarse con suma prudencia, como si fuese un medicamento, porque puede resultar
peligroso, una especie de arma de doble filo, si se realiza sin criterio.

El programa de actividad física, por ejemplo, puede incluir 40 ó 50 minutos de entrenamiento, tres ó cuatro veces por semana. ¿Qué ritmo hay que seguir? Sin duda hay que evitar las intensidades elevadas. Los ejercicios ligeros son los más eficaces. Los expertos coinciden en considerar que lo ideal sería mantener las pulsaciones cardíacas al 60% o 70% de la frecuencia cardíaca máxima, mejor determinada en laboratorio con una prueba de esfuerzo tradicional, en lugar de con la clásica fórmula «220 – la edad».

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La forma más racional y segura de controlar la intensidad de la actividad física a la que nos estamos dedicando es hacer uso del pulsómetro. Este dispositivo proporciona una información continua y fiable sobre la respuesta del corazón durante el esfuerzo, evitando el riesgo de trabajar a niveles de frecuencia cardíaca demasiado elevados respecto a los programados por el cardiólogo.

El pulsómetro constituye una guía perfecta cuando conviene evaluar con mucha precisión el rendimiento y mantener bajo control el régimen de entrenamiento. Además permite controlar la frecuencia cardíaca y avisa con las alarmas programables cuando se están superando los valores preestablecidos.

Fecha de publicación 2008-09-15 00:02:00.

Actualizado el 28-08-2017 19:59:59
Por Neipol

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